Cuento inédito. La historia de la neblina

Por Tatiana Barajas Flórez, especial para Gaceta Regional

Capítulo I

Papá siempre respondía a mis preguntas con historias. Amaba sus respuestas  y la manera como las interpretaba. Descubría personajes y mundos que no había leído. Era fascinante escucharlo y ver que su cuerpo también tenía algo por decir. 

Quería saberlo todo: ¿por qué existe el sonido?, ¿por qué las hojas de los árboles se mueven y el tronco no?, ¿qué es el viento y de dónde proviene?, ¿por qué algunas montañas en lontananza son azules? En fin…

Cierto día me percaté de que el sol se había ocultado. Toda la ciudad había quedado cubierta de un manto blanco, como de algodón, y para hacer de esto un momento aún más maravilloso hubo un corto de luz en la planta de energía… Los astros se paragonaban esa noche, me sentí como en el siglo XIX, imaginaba los rostros de las doncellas rebeldes que salían de noche a planear un sufragio en contra del sometimiento y el dolor. Todos mis personajes parecían recobrar vida aquel día.

Papá, ¿quién creó ese manto?, ¿de dónde proviene?, ¿por qué no aparece todos los días?

-Hija, no  es un manto, se llama neblina, la montaña lo trae consigo. Esa historia  no la conozco. Mi abuelo decía que había historias que descubríamos en los sueños, que eran develadas cuando nuestra mente y nuestra alma se encontraban en armonía. Debes estar tranquila para que ellos también te cuenten historias. Y así  culmina su respuesta; guiña su ojo izquierdo y sonríe, yéndose a la alcoba a descansar. Por esa noche no me permitió interrogarle más.

¿Quiénes eran “ellos”, mis antepasados?, ¿cómo carajos iba a conocer sobre mis antepasados? No me habían contado historias sobre ellos. Puedo deducir por mis rasgos que soy una mestiza, siempre me he sentido orgullosa de que mi genética esté compuesta por mis aborígenes, poblaciones que amaban la naturaleza, sabios, astrónomos y labradores del campo. ¿Los conocería al fin? Eran tantas las preguntas que me surgían en aquel momento que me sentí abrumada y cansada, al llegar a mi cuarto me dormí de ipso facto

Pasaron los días y me sentía agobiada, no recordaba lo que había soñado o simplemente no podía conciliar el sueño y meditaba sobre esa historia que no me habían contado. No me conformaba simplemente con los datos o las estadísticas que decían los expertos en sus ampulosas apariciones en la tv o los diarios más importantes del mundo; eso para mí no albergaba magia alguna.

Vivíamos contiguos a la casa de la abuela, así que solo era escalar un par de paredes, saltar, caminar por el techo hasta llegar al solar y llegar a mi escondite. Éste estaba construido de hojas marchitas, pasto y ramas muertas. Esa tarde, después de la escuela, estaba tendida allí observando las formas que tienen las nubes – algunas se parecen a un elefante aladín, otras a dioses disputándose la soberanía del cielo, o de la tierra-, de repente, una sombra de un gigante nubla mi vista, era papá quien me pedía que fuera a casa, que me extrañaba,  me aconsejaba que debía estar tranquila si no, podía perder la magia. Así que como dice mi generación, me relajé.

Me devolví a la casa, preparé chocolate  para mis hermanos y mis padres, nos reímos de las jergas de papá y de sus actuaciones jocosas, y  así pasamos aquella tarde. Llegó la noche, tendí mi cuerpo sobre el techo de mi casa para contemplar los astros. Antes de irme a la cama pedí un deseo al astro más reluciente del plenilunio.

Esa misma noche me fue concedido. Un halcón de un plumaje hermoso como el ébano, de inmensas alas y pico de oro, me invitó a subir a su cuerpo pues me esperaban en las lejanas tierras del pasado. Accedo sonriendo, acariciando su hermoso y resplandeciente plumaje.

– “¡Sujétate muy fuerte, tenemos que volar muy alto! Vamos a un sitio donde los aviones, o como les digo yo, carros del cielo, no pueden llegar”, me sugirió el   halcón.  

Cerré mis ojos para que la presión del viento no lastimara mis pupilas. Sin embargo, el halcón me aconsejó que contemplara todo a mi vista, pues en los sueños el único dolor que puede sentirse es el dolor del alma.

GacetaRegional

Medio de comunicación impreso y digital del Nororiente Colombiano.

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