Las otras pandemias. Cuerpos Técnicos Consultivos del Gobierno nacional (I). Leyes: ¿un saludo a la bandera?

Por Benjamín Alexis Garavito Linares*

“Expectamus Resurrectionem Mortuorum” es la inscripción que distingue el ingreso al Cementerio Central de Bogotá, D.C., con la eterna majestuosidad lúgubre de la parca con su hoz, como si estuviese lista a evitar que algún lázaro de cualquier época, desde 1836, regrese del inframundo y atraviese raudo la calle 26. Al adentrarnos en este monumento nacional y visitar uno de los muchos mausoleos famosos, encontraremos a un presidente republicano él, don Marco Fidel Suárez, quien gobernó precisamente hace 100 años a nuestro país, recordado en los libros de historia por connotar su origen humilde y mencionar con mucha frecuencia, que era muy honorablemente hijo de “lavandera”, oficio que ejerciera su madre, doña Rosalía Suárez, por allá en Hatoviejo, estado de Antioquia, en 1855, cuando fuimos afortunados en tener una nación federada.  

A su siniestra, y dándole su espalda para siempre, está el sabio profesor, matemático, astrónomo, ingeniero de profesión y científico, quizás el más fecundo que dio estas tierras, don Julio Garavito Armero. Ellos protagonizan una historia desconocida e inspiradora que referiré como la del gobernante de turno, último representante de un establecimiento híbrido entre conservadores y liberales que se autodenominaron “regeneradores”, pero que resultaron ser lo diametralmente opuesto, y que desde la Constitución de 1886, mantuvo a esta república en las tinieblas de los cantos de sirena, los prejuicios religiosos y la corrupción institucional, que se recuerda como uno de los más oscuros momentos de nuestra joven república.

Era el cierre del siglo XIX e inicios del siglo XX, con una cruenta y desigual guerra civil de 1 000 días, donde el establecimiento conservador mantuvo su hegemonía a sangre, fuego y cruz, cerrando con broche de oro ese pasaje siniestro, con la pérdida del istmo de Panamá, el 6 de noviembre de 1903, en una tarde calurosa y húmeda, donde sin disparar un solo “plomo”, los representantes del gobierno central y los militares destacados en esas caribeñas tierras, cedieron ante las monedas de oro y plata, así como a una espumosa champaña francesa en convite, solo superada en esplendor baconiano, a los festines organizados por la Ilona, de nuestro célebre escritor Álvaro Mutis. La francachela la aprovecharon los astutos norteamericanos como estrategia de negociación. Aún conservamos en nuestro vetusto escudo ese istmo panameño, como una cicatriz en la memoria histórica, símbolo vergonzoso de las incapacidades y voracidad de nuestros dirigentes de entonces, herencia que parecería no tener fin.

Como un buen Bochica está el profesor Julio Garavito, quien vivió y trascendió en un tiempo y lugar paralelo, destacado en el pensamiento, las matemáticas, economía y astronomía quien -como todos los sabios-, fue incomprendido en su tiempo, pero entendido, apreciado e inmortalizado en la posteridad; incluso elevado a una cierta categoría mística popular desde cuando las meretrices del barrio Santa Fé,  aledaño al cementerio y zona de tolerancia en el presente siglo, al descubrirlo primero en el billete de veinte mil pesos, y luego en su morada final, peregrinan pidiendo su ayuda para que se multiplique su actividad siempre incierta, estigmatizada, pero financiada oportunamente por la grey, eso sí con mucha discreción. El azulado billete con la imagen en su anverso, de la cara oculta de la luna, que este astrónomo descubrió, ochenta años antes que la misma NASA la verificara, y en su tiempo usando logaritmos neperianos, luz de vela e inteligencia sobrenatural.

Entre el 30 y 31 de diciembre de 1919, el presidente Marco Fidel Suárez sancionó de prisa, y en el albor del año nuevo, cerca de una docena de leyes, entre ellas la 120, primer estatuto petrolero del país, que le otorgó todas las ventajas a los estadounidenses para explotar, literalmente nuestros recursos hidrocarburíferos en los siguientes casi 50 años, olvidando convenientemente, aquel “incidente” del istmo 16 años atrás.

La ley 128 fue la última y al filo de la media noche de ese martes 31 de diciembre, la cual ordenó la publicación de las obras del Dr. Garavito y entre otras disposiciones, contenía las siguientes: “La Nación rinde un homenaje de respeto, de admiración y de gratitud al sabio profesor colombiano doctor Julio Garavito A. Autorízase al Gobierno Nacional para contratar, tan pronto como sea promulgada la presente ley, con artistas nacionales o extranjeros, la confección del busto en bronce del doctor Julio Garavito A., para colocarlo en el jardín del Observatorio Nacional”.

Dos meses después de promulgada esta ley, murió el sabio y luego ocurrió un hecho contrario y contundente a lo manifestado por Suárez, a pesar de su buena intención legal. Nombró a un virtuoso sacerdote, aunque ignorante en ciencias, para sucederlo en el Observatorio Nacional, de donde fuera director; logrando llevar a la oscuridad total la continuidad de los estudios y proyección científica iniciada, ahí truncada, y con lo cual la ley que firmó se puede entender como un “saludo a la bandera”.

Al año siguiente y cinco días antes de celebrar el aniversario 18 de la independencia del Istmo de Panamá, para los nuevos ciudadanos panameños y de frustrada conmemoración por la pérdida, para nuestros connacionales de otrora, renunció Marco Fidel a la presidencia de la República, al ser descubierto vendiendo sus sueldos a los agiotistas de la época. Durante los tres años de la guerra entre las huestes liberales y conservadoras, el profesor Garavito constituyó una sociedad denominada el “Círculo de los nueve puntos”, inspirado e inspirando a sus colegas y discípulos de las matemáticas de Euler. Además de los cálculos y disertaciones gravitacionales, se conocieron teorías y justificaciones sobre la economía, la agricultura y hasta la política.

En 1916 presidió la Sociedad Colombiana de Ingenieros (SCI), primero, y que por su naturaleza debería ser el único centro, órgano o cuerpo técnico consultivo del gobierno nacional en lo referente a la ciencia y de allí la ingeniería que se deriva, la cual realmente es una sola, y no muchas, como se estila en estos tiempos modernos. La SCI, efectivamente, obtuvo esta dignidad con la ley 46 de 1904, justo en una etapa de trashumancia institucional por decisión y prohibición del gobierno de la época, en donde a pesar de otorgarle este poder preferente, no le permitió sesionar, mientras se retornaba a la normalidad social, luego de la guerra y pérdida del istmo.

Con fundamento en algunas de las consideraciones que hizo el sabio Garavito sobre la riqueza y en un contexto de fuentes naturales como el sol, su producción, flujo y propósito mayor, en la próxima entrega y con la ayuda de algunos instrumentos que nos permitirán ver luz en las penumbras intelectuales y en el análisis de algunos anti-liderazgos potencializados en esta época, presentaré una estructura evocando al accidente selenográfico oculto, que la Unión Astronómica Internacional otorgó en 1970 a nuestro ilustre antepasado y al único colombiano hasta la fecha, con esta mención universal, consistente en cinco cráteres denominados “Garavito” y desconocidos a nuestra auscultación en ese enigmático cuerpo celeste.

Cofundador y Director Ejecutivo de XUA ENERGY. bgaravito@xuaenergy.org|www.xuaenergy.org

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