Robert Schumann y Clara Weick, un amor que trascendió el siglo XIX

Por: Tatiana Barajas Flórez

En los presurosos albores del romanticismo se retrata en la memoria, la historia de Robert Schumann y Clara Weick, protagonistas de uno de los romances más importantes del siglo XIX.

Clara Weick, hija de Frederich Weick, reconocido maestro, pianista y vendedor de instrumentos en Leipzig (Alemania), es el encargado de sumergir a la menor de sus hijas en el mundo de la música, a corta edad.

“Cuando Clara tenía 11 años, llegó un joven, nueve años mayor que ella, a estudiar con su padre Friedrich Wieck. Se trataba de Robert Schumann, un desconocido con indicaciones literarias (…). Robert se quedó a vivir en casa de su maestro, cosa frecuente en la época. Para entonces, entre Robert y Clara, aunque niña, se forja una amistad, que se transformó en amor. En 1837 Robert pide la mano de Clara a su padre, quien se niega argumentando que “Schumann es alcohólico, inestable emocionalmente y sus fuentes de ingresos no son suficientes para mantener un hogar”.

A pesar de las tempestades que libró esta pareja de músicos, un día antes de cumplir 21 años, Clara logra casarse con Robert Schumann en 1839.  Por más de dos décadas pudieron compartir un amor inefable hacia la música, siendo parte fundamental de su existencia. Desde el día de su boda, pactaron llevar un diario conjunto. Gracias a la influencia de August, el padre de Robert, el joven cultivó desde la infancia un cariño indecible por las letras, la filosofía y la literatura. La muerte de su padra le produjo una profunda nostalgia, que al conocer a Clara, fue menguando. Muchas de sus obras compositivas fueron inspiradas por ella.

En una de las cartas que Robert escribió en el Hospital psiquiátrico de Endenich, el 18 de julio de 1856,

 antes de morir, confiesa “Clara era apasionada y razonable, confiada y suspicaz, amorosa y enfurruñada, todo simultáneamente. Le tenían sin cuidado las apariencias. Debo confesar que el entusiasmo que el público mostraba por ella —desde su adolescencia fue considerada la pianista más grande de su tiempo, sólo comparable a Franz Liszt— me llenaba de celos incontenibles. No podía evitarlo y cada tempestad de aplausos me alejaba un poco más de ella. Durante mucho tiempo perdí toda esperanza de conseguirla. Pero después siempre me preguntaba: «¿Adónde lleva este camino?, ¿y aquél?, ¿y todos?». Y la respuesta era siempre la misma: «¡A Clara! ¡A Clara!». Una gran parte de las obras que compuse están inspiradas en ella”.[1]

El arte, para Clara y Robert, fue una constante comunión, que su esposo lo describía como, “un encanto íntimo, una fuerza interior cuando su amada tocaba y él componía”.

Después del fallecimiento de uno de los íconos del romanticismo alemán en 1856, Clara ofreció innumerables conciertos y giras por Europa, pues debía mantener a sus ocho hijos. Johannes Brahms, en la epístola escrita el 22 de mayo en 1896, evoca uno de los conciertos póstumos que Clara Wieck ofreció en Holanda, describiendo que, “El mundo poético de Robert Schumann impregna la música, que se integra en ella consiguiendo una unidad extraordinaria. Era admirable cómo Clara era capaz de extraer todos sus matices, reflejaba en él su propia vida con Schumann a través de la emoción más absoluta”.[2]

Hasta el final de sus días, Clara mantuvo vivo el legado musical de su esposo.


[1] La memoria de la música – Xavier Guell

[2] La memoria de la música – Xavier Guell

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